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19-F Por un salario digno, contra el desprecio al trabajo

jlopez.ccoo.es | 17 Febrero, 2017 01:00

La fijación anual del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) parece que fuera una concesión administrativa de los Gobiernos de turno, o el fruto de un acuerdo entre dos partidos que  sumen la mayoría necesaria en un Parlamento. Es lo que ha ocurrido cuando, año tras año, un gobierno en mayoría absoluta ha aprobado congelaciones del Salario Mínimo Interprofesional, o cuando, como en esta ocasión, un pacto PP-PSOE ha conducido a una subida del 8%, pero lejos de las propuestas de CCOO y UGT y obviando la participación de sindicatos y empresarios en el proceso.

Las miserables subidas de los últimos años han producido pérdidas del poder adquisitivo del Salario Mínimo de 2,7 puntos y subidas de menos de 14 euros acumulables en los últimos cinco años y todo ello, en una España en la que más del 28% de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión.

Dirá el Gobierno, en su autocomplacencia infinita, que lo hace cumpliendo el Estatuto de los Trabajadores, que establece que es el Gobierno quien fija el SMI “previa consulta con las organizaciones sindicales y asociaciones empresariales más representativas”.

Los Gobiernos españoles de turno se acostumbran a cumplir el trámite con una reunión informativa en la que escucha a los sindicatos y empresarios. Pero algo más que esto exige la OIT cuando, para la fijación de los salarios mínimos, su convenio 131 suscrito por el Gobierno español habla de que se consulte “exhaustivamente” con las organizaciones representativas de emprendedores y trabajadores interesadas.

Algo más parece que exige también la Comisión de Expertos de la OIT que espera que el gobierno se esfuerce en tener en cuenta las necesidades de los trabajadores y las trabajadoras y de sus familias y no únicamente los objetivos de política económica, a la hora de fijar los reajustes anuales del poder adquisitivo del Salario Mínimo Interprofesional.

Existe, además, un Real Decreto Ley, el 3/2004, que habla de estas cosas y que establece que temas como la fijación  del Salario Mínimo deben ser aprobados en el marco del diálogo social.  Y el diálogo social no es derecho a información exclusivamente, sino derecho a propuesta, negociación y búsqueda de acuerdo.

Por eso CCOO y UGT presentamos una reclamación ante la OIT que exige el cumplimiento del convenio 131. Porque no basta informar. La fijación de un SMI que cubra las necesidades de los trabajadores, trabajadoras y sus familias, debe producirse tras un proceso de consultas exhaustivas con organizaciones sindicales y empresariales.

El Comité de Derechos Económicos Sociales y Culturales del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas se ha visto obligado a recordar  al Gobierno de España que tiene obligación de garantizar un SMI que permita condiciones de existencia dignas que se ajusten al coste de la vida, tras constatar que el SMI en España no asegura un nivel de vida digno y decente.

Pero estas cosas, en España, son poco tenidas en cuenta por gobiernos que parecen pensar que, tras ser elegidos tienen barra libre para hacer las cosas de espaldas, incluso, a la sociedad, cuando no en contra de ella.

Antes, porque tenían una mayoría absoluta que parecía autorizar todo tipo de desmanes y ahora porque pactando, con unos o con otros, se sienten autorizados para despreciar el diálogo social y las recomendaciones, consideraciones y obligaciones derivadas de informes elaborados y convenios firmados en ámbitos internacionales, de las Naciones Unidas, hasta la OIT.

Mal íbamos, mal seguimos. Que no esperen silencio, ni resignación, ante tanto desprecio del diálogo social y olvido de las necesidades de la clase trabajadora. El 19 de febrero vamos a las calles a defender salarios dignos. Contra la carestía de la vida y contra la precariedad de nuestros empleos.

 

Francisco Javier López Martín

 

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La intransitable cartografía de los recortes

jlopez.ccoo.es | 13 Junio, 2016 13:59

Un reciente informe de CCOO pone de relieve que uno de los peores efectos de la crisis ha sido que los ingresos públicos han disminuido brutalmente.  Así, las cuentas del Estado, que se saldaban en 2007 con un superávit de 21.620 millones de euros, arrojaban en 2009 un déficit de 118.237 millones de euros. La caída de los ingresos fue de casi 70.000 millones de euros, pero las rebajas fiscales descontroladas puestas en marcha desde 1994, también tienen mucho que ver.

La solución de los recortes es la más fácil, pero la que más pone en riesgo la estabilidad y cohesión de cualquier país. En las cuentas formales, el gasto de las Administraciones Públicas disminuyó en 30.824 millones de euros entre 2009 y 2014. Pero este dato oculta un desequilibrio más complejo.  Así, mientras los intereses de la deuda, el gasto energético, o las pensiones crecieron en 47.000 millones de euros, el resto del gasto público bajó en 78.000 millones de euros (casi 8 puntos del Producto Interior Bruto). Si tomamos en cuenta la inflación acumulada, el gasto público ha caído entre un 21% y un 30%.

Y el golpe no lo han sufrido exclusivamente los empleados públicos en forma de rebajas salariales y pérdida de empleo. Tan sólo en el capítulo de inversiones en transportes hemos perdido 13.000 millones de euros, 4.400 millones en vivienda, 4.000 en inversiones sanitarias y educativas, o 4.600 millones en políticas sectoriales. Las políticas de Investigación y Desarrollo (I+D+i) han perdido en su conjunto más de 1.700 millones.

Esto sólo en las inversiones, porque si miramos el retroceso de la dotación de servicios como la salud y la educación se han gastado, en 2014, 18.400 millones menos que en 2009. Pero se trata de recortes desequilibrados- Mientras la educación pública ve retroceder sus inversiones en un 70%, los conciertos con centros privados caen un 1,2%.

Los gastos con mayor componente social han sido el principal objetivo del PP a lo largo de los últimos años. Ya sea la incapacidad laboral, el apoyo a las familias y la infancia, las políticas sociales de vivienda, la protección del medio ambiente, las políticas sectoriales de impulso a la economía.

En definitiva, una orientación de la política de gasto presupuestario, que nos está colocando en los últimos puestos de la Unión Europea en nuestra capacidad de proteger  a las personas y las familias frente a los efectos de la crisis.

Corregir esta deriva de empobrecimiento que fractura cada vez más a la sociedad, sería el trabajo urgente de cualquier Gobierno. Ese Gobierno que lleva ya seis meses sin constituirse y que veremos cuanto tarda en llegar después del 26j.  Un lujo, que no deberíamos permitirnos como país, pero que nos estamos permitiendo. Y es que la lógica política no parece tener mucho en común con la lógica de las necesidades de la sociedad. Con el agravante de que en este caso, como en muchos otros, el tiempo solo puede empeorar las cosas.

Francisco Javier López Martín

 

Categora: General, Trabajo, Empleo, Política, Sociedad, Educación, Sanidad, Ciudadanía, Servicios Públicos . Comentario: (232). Retroenlaces:(0). Enlace

Seamos realistas, pidamos lo imposible

jlopez.ccoo.es | 07 Abril, 2016 10:32

Vaya por delante que las opiniones que vierto en este artículo son mías, sólo mías y no obedecen a consignas o decisiones adoptadas por ningún otra persona, individual o jurídica, que no sea yo. Y vaya por delante, ya puestos a prestar declaración de intenciones, que no pretendo que sean la verdad, sino tan sólo mi forma de ver las cosas en este momento, que bien pudiera cambiar mañana, si leo o escucho algo, si mantengo una conversación con alguien, si le doy un par de vueltas más y concluyo que todo podría ser de otra manera a como hoy lo expreso.

La frase que aparece como titular de este artículo no es mía. Todo parece ya estar inventado. La he encontrado atribuida a Ernesto Ché Guevara. Pero parece que el guerrillero argentino, cubano, congoleño, boliviano, fue más expeditivo y lo que dijo es que Seamos realistas y hagamos lo imposible. Es cierto que su aventura acabó de mala manera en aquella quebrada del Yuro y en la escuelita de La Higuera, tomada militarmente, pero donde hoy se asienta un museo de la memoria, según indican las guías del departamento de turismo boliviano.

Y, sin embargo, la frase tiene su aquel, si pensamos en estos tiempos extraños, en los que cosas que creímos imposibles, se han transformado en una realidad cotidiana. Corrupción por doquier y corruptos bajo cada ladrillo. Jóvenes que parten como nuevos indianos a buscar fortuna por el mundo. Empleos temporales, precarios, sin derechos, a los que llaman competitivos. Hospitales como negocio, escuelas como negocio, ancianos abandonados, pero negocio.

Así las cosas, si lo que parecía futuro imposible se ha convertido en perfectamente posible y hasta lógico y saludado como modernidad inevitable, también podemos considerar realista hacer lo que, los causantes de tanto desastre, consideran imposible. Ya lo dijo Humpty Dumpty,  La cuestión, Alicia, es saber quién es el que manda.

Otros atribuyen la frase al Mayo del 68, ese 15M, algo más expeditivo, que se adueñó de las calles de París, como de otras calles europeas y norteamericanas, o como lo hizo luego de las calles de Praga. Cuentan que, de la misma manera que un hombre mayor como Stéphane Hessell inventó aquello de Indignaos, hace casi 50 años, otro hombre mayor, Herbert Marcuse, lanzó aquello de Seamos realistas, pidamos lo imposible, convirtiéndolo en uno de los lemas favoritos  de las revueltas estudiantiles.

Luego llegaron los tiempos en los que de Gaulle se encargó de convencer a Francia de que bajo los adoquines de las calles no se encontraba la playa, al igual que inmediatamente después de nuestro 15M un impasible, impertérrito y lacónico Mariano Rajoy, se encargó de intentar convencernos de que una oleada de recortes no era otra cosa que una necesaria, obligada e imprescindible cruzada de "reformas estructurales", que debía ser saludada de buena gana por los españoles, sobre todo los muy españoles y los mucho españoles.

También existe, para ir terminando con la divagación, la versión expeditiva de la aparente "contradictio in terminis" de Herbert Marcuse, según la cual la frase debería quedar redactada de la siguiente manera, Seamos realistas, exijamos lo imposible. Sea como fuere, contradictoria en sí misma, oxímoron o no, ha llegado el momento de plantear el fondo de la cuestión que me trae por estos derroteros.

En estos días, varias fuerzas políticas parece que se encaminan hacia uno de esos imposibles. Oyéndoles hablar a unos y otros, bien podríamos llegar a pensar que ese imposible es además fruto de un destino inevitable, que nos conduce de cabeza a unas nuevas elecciones generales. Como si, de nuevo, las muchas Españas que habitan las Españas, se hubieran embarcado en una "guerra civil", esta vez sin inútiles derramamientos de sangre, que han sido sustituidos por un espectáculo televisivo de agresiones verbales de alto nivel de decibelios, alentado por palmeros tertulianos. Avance supone, sin duda alguna, haber cambiado la fiesta nacional taurina por este reality show de charanga y pandereta.

Creo que se equivocan quienes, a base de artículos de opinión y de opiniones machaconas, aderezadas con encuestas de encargo, intentan marcar la tendencia que alienta la celebración de unas nuevas elecciones generales. Y se equivocan porque unas nuevas elecciones supondría decirnos a la gente que hemos votado mal, que nos hemos  equivocado de voto y que estamos condenados a seguir votando hasta que lo hagamos bien y a gusto de los partidos. Yo aviso que votaré lo mismo y otros puede que decidan quedarse en su casa. En todo caso, supondría un fracaso de los políticos del momento para gestionar una realidad plural y fracturada por la crisis y por la corrupción estructural.

Por eso pienso que es conveniente pedir lo imposible. Ni siquiera lo exijo. Tan sólo animo a hacerlo. Y ese imposible comienza por alcanzar un acuerdo para regenerar la política nacional, combatir la corrupción y emprender una revisión de la Constitución (una buena Constitución si se me permite), para que en ella se vean reflejados la diversidad, la pluralidad, los regionalismos, o los nacionalismos, que habitan en la península.

Continúa lo imposible por ponerse de acuerdo en que las desigualdades y pobreza crecientes, no puede ser la marca distintiva de nuestro futuro ni en Europa, ni en el planeta. Que no hay recuperación económica, ni regeneración política posibles, si no nos dotamos de instrumentos, como una renta mínima, que eviten que haya personas que carecen de los recursos elementales para garantizar su supervivencia. Si no mejoramos nuestro Salario Mínimo Interprofesional llevándolo, cuando menos, a los 800 euros. Si no mejoramos la protección de esos millones de personas que se han enquistado en el desempleo, perdiendo todo tipo de prestaciones y sin esperanza alguna de que los servicios públicos de empleo les faciliten una nueva oportunidad.

No creo que sea imposible revertir las reformas laborales, que han destrozado las relaciones laborales y han apostado por un futuro de precariedad, temporalidad y falta de derechos para las personas trabajadoras. Un futuro de abuso laboral sin límites, incapaz de dar una sola señal de esperanza a nuestros jóvenes. O dar marcha atrás en reformas como la de la formación, que han destrozado un sistema construido durante décadas (y por lo tanto mejorable, sin duda), para sustituirlo por un mercadeo abierto a la picaresca y que alienta el fraude, sin garantizar ni la calidad, ni la propia formación.

Tampoco veo nada imposible que pueda haber un acuerdo generalizado para evitar que la participación en una huelga sea constitutivo de delito y merecedor de penas de cárcel, tal y como establece el famoso artículo 315.3, que esgrimen los fiscales para exigir condenas desproporcionadas contra los sindicalistas, mientras aseguran la impunidad de los patronos  que vulneran el derecho de huelga de sus trabajadores, sin petición de condena alguna.

Creo que es realista pedir lo imposible de un cumplimiento de la ley de dependencia para que nuestras personas mayores cuenten con los servicios y recursos necesarios. Y creo que es realista exigir que, tras toda una vida de trabajo, las pensiones sean dignas y decentes y no pierdan nunca poder adquisitivo. Como creo en la necesidad de que tipos como Wert no destrocen la educación pública y que la sanidad, la educación, los servicios sociales, formen parte de esas políticas intocables, porque hay consenso en su carácter público, gratuito y universal.

Y no debiera ser imposible asegurar el derecho a una vivienda. O el derecho a pagar impuestos de forma equilibrada y justa, en un país en el que la inmensa mayoría terminamos pagando la fiesta de unos pocos. No creo en la imposibilidad de ponerse de acuerdo para combatir y prevenir la violencia de género, en las familias y en las empresas.

Unos más liberales y otros menos, no creo que nadie considere imposible tampoco ponerse de acuerdo en que la inversión pública (como ocurre en Estados Unidos) constituye un importante motor para impulsar la inversión privada y la creación de empleo.

Alcanzar estos imposibles y hasta algún otro que se me esté olvidando, o que no menciono, para no extenderme aún más, se me antoja realista y hasta acorde con la expresión del voto de la ciudadanía española. Si hubiéramos querido más turno de poder lo habríamos votado así. Pero parece que queremos otra cosa y ahora toca a los partidos ser realistas y hacer lo imposible. Alguien dirá que este deseo es una utopía, pero a fin de cuentas la utopía es, tan sólo, lo que todavía no existe.

Francisco Javier López Martín

 

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Carta abierta a los fiscales. No son 8, somos millones

jlopez.ccoo.es | 15 Febrero, 2016 09:38

Señorías,

En nuestro país se están celebrando procesos judiciales que serían inconcebibles en cualquier otro país democrático. Más de 300 sindicalistas se enfrentan a juicios por haber participado en huelgas a lo largo de los últimos años. Permítanme definirlo como una causa general contra el sindicalismo español. El último de ellos, en la localidad madrileña de Getafe, cuna de la aviación española y sede, desde 1923, de la empresa Construcciones Aeronáuticas (CASA) que, desde 1999, se integró en el grupo europeo aeroespacial EADS.

Un juicio, visto para sentencia, en el que se juzgaba a 8 sindicalistas de la factoría de Airbus, empresa perteneciente a ese grupo europeo, por haber formado parte, allá por 2010, de un piquete, a las puertas de su empresa, en la primera de las tres Huelgas Generales que los sindicatos CCOO y UGT hemos convocado a lo largo de esta dura crisis económica.

Todas esas huelgas tenían que ver con recortes laborales, a los que los gobiernos de turno definían como reformas, cuando constituían, tan sólo, el más burdo y brutal intento de trasladar los costes de la crisis a los trabajadores y trabajadoras de este país. Las causas eran justas y los medios absolutamente legales, democráticos y constitucionales. La huelga y la manifestación son instrumentos pacíficos, con los cuales expresamos nuestro malestar y nuestras reivindicaciones.

Miren, Señorías, yo fui uno de los convocantes de esas huelgas en Madrid, porque durante aquellas tres Huelgas Generales, era Secretario General de las CCOO de Madrid. Ya saben ustedes que, aunque existe una convocatoria general de ámbito nacional, hay que convocar en cada Comunidad Autónoma, porque son estos gobiernos los que terminan fijando los servicios mínimos en los servicios considerados esenciales, como la sanidad, la seguridad, o el transporte público. Servicios mínimos que, con demasiada frecuencia, terminan siendo declarados abusivos por los tribunales, sin mayores consecuencias políticas, civiles, o penales, para quienes los dictaron, aún a sabiendas de que ya fueron declarados abusivos en ocasiones anteriores.

Si algo ocurrió, fuera del estricto cumplimiento de la legalidad, durante aquellas huelgas, sería yo uno de quienes se debería encontrar sentado ante sus Señorías, en el banquillo y no los trabajadores de Airbus, que secundaron la Huelga, como lo han hecho siempre y en todos los casos, en un acto de solidaridad con quienes más sufren los recortes y la pérdida de derechos.

No me siento responsable de quienes, amparándose y escondidos en un piquete, aprovechan la ocasión para provocar el desencadenamiento de una violencia, que terminamos pagando los trabajadores y trabajadoras, que no podemos escapar al galope de las cargas policiales. Pero sí respondo por los sindicalistas de Airbus, porque siempre han ejercido, con absoluta responsabilidad, su tarea de intentar llevar a buen puerto el desarrollo de la Huelga, impidiendo cualquier acto de violencia. Y las huelgas en la factoría de Airbus son masivas. También lo fue en aquella ocasión.

Miren ustedes, Señorías, he visitado varias veces la factoría de Airbus. Se trata, ya lo he dicho, de un proyecto europeo, en el que participa España. El sindicalismo en esta empresa es un sindicalismo con buenas relaciones con los sindicatos de las factorías alemanas, o francesas,  principalmente, a través de su Comité de Empresa Europeo. Las relaciones con la empresa gozan de buena salud y nuestros sindicalistas están acostumbrados a negociar las duras y las maduras con absoluta responsabilidad, pensando siempre en el empleo y en el futuro de la empresa.

En cada visita, los compañeros y compañeras, me han enseñado con orgullo los productos de alto componente tecnológico que elaboran, defendiendo como propia la participación española en los proyectos aeronáuticos y aeroespaciales de los que forman parte. Apostando siempre por la mayor participación posible de nuestro país en los mismos. Es una de esas empresas en las que los sindicalistas velan para que los jóvenes que se incorporan a la empresa, con una cada vez mayor presencia de ingenieros o titulados superiores, lo hagan en las mejores condiciones posibles y con plenitud de derechos.

Por hablar de alguno de ellos, pondré como ejemplo a José Alcázar, uno de esos sindicalistas hoy procesados. Su trayectoria, hasta el momento de la jubilación, ha sido intachable, alcanzando los más altos niveles de responsabilidad en el Comité Intercentros de las factorías españolas de EADS-CASA y en el Comité de Empresa Europeo. Dentro del sindicato, en algunos de los más duros momentos que me tocó vivir al frente de las CCOO de Madrid, siempre supo poner sensatez y entendimiento entre las posiciones confrontadas, con paciencia infinita y hasta conseguir que el acuerdo se abriera camino.

No me cabe en la cabeza, que personas así, se vean ante un tribunal por el hecho de haber participado en una Huelga General y pese a no haberse producido daños materiales, ni mucho menos humanos. No me cabe en la cabeza, ni me parece justificable, en modo alguno, que 8 de estos sindicalistas hayan sido elegidos al azar, días después de la huelga, en una especie de saca predeterminada, para ser encausados.

No puedo entender este largo, lento y tortuoso procedimiento judicial, al que se han visto sometidos durante años, cuando nada en los hechos, puede demostrar otra cosa que el desarrollo de una huelga, en una empresa, durante la cual un policía nervioso, se lía a disparar tiros al aire. Sin esos disparos, sin los casquillos recogidos por los presentes y sin la necesidad de justificar los mismos, probablemente no se hubiera producido este desgraciado desencadenamiento de actuaciones judiciales. Sin eso y sin que a alguien se le haya ocurrido utilizar la justicia para dar una lección imborrable y disuasoria a quienes participen en el futuro en una huelga general.

Pero aún me cabe menos en la cabeza que el ministerio fiscal haya pedido condenas iguales, para todos y cada uno de ellos, de más de 8 años de cárcel por sindicalista, acusándoles de los mismos hechos. Ignorando que las peticiones de condena deben basarse en la identificación de los actores y en la proporcionalidad con los daños causados.

Unas peticiones de condena que suponen el doble, por cada sindicalista, de lo que se pide para Rato, o para Blesa, por poner algún ejemplo y mucho más que las peticiones de condena habituales para violadores, pederastas, defraudadores, prevaricadores y demás imputados en decenas de tramas corruptas, que campan a lo largo y ancho de este viejo país ineficiente.

Insisto, nada justifica que el ministerio fiscal pidiera más de 8 años de cárcel, para 8 sindicalistas de Airbus, cuando ningún daño material, ni mucho menos personal, lo justifica. A no ser que pretendamos que perviva la imagen nefasta de un sistema judicial diseñado para robagallinas y, añado yo, para sindicalistas y tal vez, para titiriteros.

Es obligado reconocer, Señorías, que los 8 de Airbus han contado, con un magnífico equipo de abogados, de esos que heredaron lo mejor de los Abogados de Atocha y de los despachos laboralistas en los que se forjaron Manuela Carmena, María Luisa Suárez, Antonio Montesinos, Pepe Jiménez de Parga, Cristina Almeida, Jaime Sartorius, Francisca Sauquillo, o Manolo López, entre otros muchos.

Un equipo, en el que no podía faltar Enrique Lillo que, con las armas del derecho en la mano, ha conseguido poner en jaque a la todopoderosa multinacional Coca-Cola y sus desmanes contra sus trabajadores en España. Ningún responsable de dicha empresa ha dado con sus huesos en la cárcel por vulnerar leyes, incumplir sentencias y haber recibido condenas por vulnerar el propio derecho de huelga. Acabo de enterarme de que CCOO de Castilla-La Mancha han decidido concederle su premio anual Abogados de Atocha.

Como no podía faltar, en este equipo de defensores, Antonio García, que, entre otras muchas causas, persiguió desde las CCOO el genocidio del dictador guatemalteco Ríos Montt y sus cuadrillas militares y paramilitares, contra los pueblos indígenas.

Tal vez por eso, por la inconsistencia de las pruebas y la firmeza de nuestros defensores, la Fiscalía ha terminando retirando los cargos contra dos de los ocho sindicalistas y rebajando las peticiones de cárcel a cuatro años y medio para el resto. Tal vez, también, por el malestar social  sembrado entre la clase trabajadora de toda España. Tal vez por la solidaridad nacional y la internacional de la Confederación Sindical Internacional y la Confederación Europea de Sindicatos.

Tal vez por el apoyo, dentro y fuera del país, de personalidades como el expresidente uruguayo José Mújica y numerosos juristas, políticos y el mundo de la cultura. O porque no es bueno que un país europeo, como España, vaya a terminar figurando ante la OIT, o Amnistía Internacional, como vulnerador de los derechos laborales y democráticos, junto a países en los que la democracia yace aplastada bajo las botas de sangrientos dictadores.

Aducirán, Señorías, que el Código Penal, en su artículo 315.3 es muy claro y establece altas penas  de cárcel para quienes impiden el derecho al trabajo en un día de huelga. Y explicarán que no hacen más que aplicar la ley en los términos en que la misma quedó redactada por el poder legislativo, a instancias del poder ejecutivo.

Pero permítanme,  Señorías, observar que ese punto 3 va precedido de un punto 2 en el que se establecen las mismas penas para los empresarios que vulneran el derecho de huelga, sin que hasta el día de hoy me conste que ningún responsable empresarial haya pasado por el mismo calvario que mis compañeros, pese a haber existido condenas expresas, por vulneración del derecho de huelga, a cargo de gobiernos y de responsables empresariales. Una de las más recientes, ya quedó dicho, a mediados de abril de 2015, precisamente contra Coca-Cola, en nuestro país.

Permítanme observar que nos encontramos ante un artículo anacrónico, que vulnera el derecho de huelga y que es ampliamente cuestionado. Un 315.3, que no modificó Gallardón, antes de dimitir, ni tampoco el nuevo Ministro de Justicia, Rafael Catalá, en la reforma del Código Penal, incumpliendo así las declaraciones de intenciones de Mariano Rajoy a las organizaciones sindicales, que hemos reclamado desde hace años la abolición de esta injusticia.

Un artículo 315.3, cuyo destino, según afirman los responsables de la inmensa mayoría de los partidos políticos con representación parlamentaria, es ser derogado en un futuro inmediato y que compromete la calidad de los derechos democráticos existentes en nuestro país, ante numerosos organismos europeos e internacionales.

Permítanme observar, sus Señorías, que, con daños tan nimios y pruebas tan evanescentes, utilizando una legislación más propia de Estados dictatoriales que democráticos, proponer condenas de cárcel para los 8 de Airbus, supone poner en cuestión la proporcionalidad de los actos de la justicia y retrotraernos a tiempos que deberíamos haber superado ya y para siempre.

Me permito recordarles, Señorías, que casos como éste han existido, desgraciadamente no pocos, a lo largo de la historia de la clase trabajadora. Uno de ellos dio origen a la conmemoración del Primero de mayo. El 1 de mayo de 1886 y en los días siguientes, miles de trabajadores y trabajadoras de Chicago, fueron a la huelga para reivindicar las 8 horas de trabajo, el fin de trabajo infantil, la mejora de las condiciones laborales. Tras las cargas policiales con numerosos muertos y el estallido de una bomba en mitad de una de esas actuaciones policiales, se desencadenó una brutal represión policial que produjo muchas muertes y numerosas detenciones. El 21 de junio se inició un juicio que acabó con la condena a muerte, como responsables de los sucesos, de tres periodistas, un carpintero y un tipógrafo, además de otras condenas a cadena perpetua.

Las condenas fueron ejecutadas. Muchos años después los Estados Unidos reconocieron que aquel juicio fue poco menos que una farsa. Desde entonces los trabajadores y trabajadoras del mundo recordamos cada año, el Primero de Mayo, a los Mártires de Chicago. Y en muchos países, desgraciadamente no en todos, hoy se respetan las 8 horas de trabajo, se prohíbe el trabajo infantil y existe una legislación laboral que intenta preservar los derechos de la clase trabajadora.

También en España hemos vivido juicios farsa, en los que se ha condenado arbitrariamente a personas que, sin haber participado en hechos violentos, han sido condenados duramente por la justicia del momento. Repasen sus Señorías los juicios militares posteriores a la Semana Trágica de Barcelona, tras los que fueron ejecutados un republicano catalanista, un republicano lerrouxista, un ex-guardia civil, un discapacitado mental que había tenido la desgraciada idea de bailar por media Barcelona con el cadáver de una monja, que alguien había exhumado en un convento incendiado y el pedagogo anarquista, fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer i Guardia, que se encontraba de paso por la ciudad y al que los militares y buena parte del poder eclesiástico se la tenían jurada, por sus principios educativos laicos y la presencia de niños y niñas en el mismo aula.

Repasen, Señorías, las condenas al Comité de Huelga, compuesto por cenetistas y ugetistas, que convocó la Huelga General de 1917. O los procesos sumarios y sacas que se produjeron en esa desgraciada Guerra Civil que asoló España hace casi 80 años (y en la larga y oscura noche que vino a continuación).  Una guerra que declararon una pandilla de generales bravucones y levantiscos contra un gobierno legítimo y legalmente constituido. Todavía andan sus nombres por las calles. Pero esa es otra cuestión de la que podremos hablar en otro momento.

Recuerden, Señorías, los 10.000 sindicalistas de las ilegales CCOO, que pasaron por los Tribunales de Orden Público (TOP), creados por la dictadura franquista, condenados a las penas establecidas por unas leyes injustas, promulgadas por un Gobierno ilegítimo. Esos procesos judiciales creo que no han sido tan siquiera revisados y anulados, uno por uno. La justicia hacía su trabajo, con los ojos vendados.

El más llamativo y conocido de esos casos fue el de los 10 de Carabanchel, el que pasó a la historia como Proceso 1001. La cúpula dirigente de las CCOO fue detenida en un convento de los monjes oblatos de Pozuelo de Alarcón, el 24 de junio de 1972. Tras año y medio en la cárcel, el juicio se inició el 20 de diciembre de 1973, el mismo día en el que la banda terrorista ETA consumó el atentado, la Operación Ogro, contra el almirante Carrero Blanco, mano derecha del dictador y Presidente del Gobierno de la dictadura.

Lejos de aplazar el juicio, como reclamaban los abogados de la defensa, ante el clima de inseguridad generado por la gravedad de los acontecimientos, el juez, José Francisco Mateu Canoves, afirmó que no sólo no suspendía el juicio, sino que además, si por él fuera, los fusilaba a todos.

Así las cosas, los fiscales del momento, endurecieron las peticiones de penas y el resultado fue una suma de condenas de 162 años de cárcel, pese a la solidaridad sindical internacional y de numerosos intelectuales y actores de todo el mundo. Se han cumplido ya más de 40 años de estas condenas injustas para quienes, sin violencia alguna, defendían la libertad, la democracia y los derechos laborales.

Siendo ya Presidente de Sala del Tribunal Supremo, el juez Mateu, fue víctima de ETA. Repudio su muerte, con la misma intensidad de cada muerte causada por terroristas de todo tipo y de todo signo. Las CCOO siempre hemos convocado paros laborales en las empresas tras cada atentado terrorista, hemos convocado a las manifestaciones contra el terrorismo y en solidaridad con las víctimas. Pero me indignan las palabras del juez aquel día, su actitud y sus condenas injustas.  Rechazó la farsa de aquel juicio en la que él se prestó a ser actor principal.

Señorías, no deseo que entiendan esta carta como un cuestionamiento general al papel de los fiscales. Porque no hay nada más lejos de mis intenciones y porque sería lo peor que podría ocurrirles a sus Señorías y ocurrirnos a nosotros. Además, no me considero quién para dar lecciones a nadie. He querido, tan sólo, reflexionar en voz alta, una vez más, sobre mi convicción profunda de que sólo podremos construir una patria común si la justicia asegura que los derechos nos protegen a todas y a todos, para hacernos libres e iguales. Y que cada vez que esto no ocurre, la patria se transforma en barbarie.

Sólo he querido trasladarles una serie de reflexiones absolutamente personales, con la secreta esperanza de que las tomen en cuenta, si algún día se ven ante alguno o alguna de esos más de 300 sindicalistas encausados, por formar parte de un piquete en un día de huelga. Mírenles a los ojos, hablen con ellos, porque pienso que trabajar por la justicia exige razón y aplicación de las leyes, pero también exige corazón y capacidad de sentir el hambre y la sed de aquellos que comparecen ante un tribunal.

Nuestra Constitución encomienda al Ministerio Fiscal la defensa de la legalidad, los derechos de los ciudadanos, el interés público y la independencia de los tribunales. Por eso, Señorías, deseo que los jueces sentencien la libre absolución de los seis compañeros aún procesados, a pesar de las peticiones de condena que en este caso el ministerio fiscal ha realizado.

Los 8 de Airbus, podrían haber aceptado un acuerdo con la Fiscalía. Un acuerdo para rebajar las peticiones de pena y aceptar condenas que no supusieran su entrada en la cárcel. Pero han preferido ir a juicio. Defender que nada malo hicieron aquella noche de Huelga General. Que ningún delito cometieron. Que ningún acto de violencia protagonizaron. Que son víctimas y no culpables. Han decidido someterse a la justicia, en la confianza de que, al final, no es ciega y sabrá hacer prevalecer la luz sobre las sombras, la verdad sobre la mentira.

Deseo la absolución porque los 8 de Airbus son personas honestas, buenos trabajadores, buenos padres, amigos de fiar, comprometidos con sus compañeras y compañeros, en la empresa y en su vida cotidiana. Ni ellos, ni sus familias, debieron nunca verse sometidos a este proceso, a lo largo de casi seis años. Porque no merecen la condena de la justicia española, su justicia, aquella en la que han depositado la confianza en que defienda la legalidad democrática y nuestras libertades.

Pero, Señorías, si, desgraciadamente, esto no ocurriera. Si los compañeros fueran condenados a penas de cárcel. En ese caso, deseo que improbable y hasta imposible, la España trabajadora será un clamor contra semejante injusticia. Y quienes seguimos defendiendo el valor del Abrazo, como símbolo de la reconciliación, la libertad y la amnistía, en aquellos difíciles momentos de la Transición hacia la democracia. Quienes hemos luchado para que ese cuadro del Abrazo saliera de los sótanos del Museo Reina Sofía, para ser expuesto en el Parlamento Español, en un salón de los pasos pedidos, junto a los retratos de los reyes Juan Carlos y Sofía y los actuales monarcas Felipe y Letizia; junto a los bustos de Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y Clara Campoamor. Nosotros, los trabajadores y trabajadoras. Los costaleros de la democracia, como acertadamente nos define Nico Sartorius, volveremos a las calles para gritar de nuevo: Amnistía y Libertad. Y hoy, como entonces, la Amnistía y la Libertad, se abrirán camino.

Francisco Javier López Martín

 

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La forja de Giner de los Ríos (Episodio I)

jlopez.ccoo.es | 23 Diciembre, 2015 10:57

A finales de octubre participé en un Homenaje a Francisco Giner de los Ríos en Colmenar Viejo, con motivo del centenario de su fallecimiento. El proceso electoral, durante el cual he ido publicando diversos artículos sobre las propuestas sindicales dirigidas a los partidos políticos, me ha hecho retrasar la publicación del contenido de aquella conferencia.

Ahora, cuando ya conocemos los resultados de las elecciones del 20 de Diciembre, me parece más imprescindible aún poner de relieve la labor pedagógica y el esfuerzo regeneracionista, de una figura como la del creador de la Institución Libre de Enseñanza, que cobra especial actualidad en estos momentos.

Me invita Vicente Puerta, desde su Colmenar Viejo, a hablar sobre Francisco Giner de los Ríos, en compañía de Isabel Galvín, Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid y de José Luis Pazos, Presidente de la Federación de Madres y Padres Giner de los Ríos de Madrid, con motivo del Homenaje que Izquierda Unida de Colmenar organiza para conmemorar el centenario de su muerte.

No soy un experto en Giner de los Ríos. Me parce un arduo divertimento. Decido recurrir a aquel viejo método de Francisco Gutiérrez, que desentrañaba la realidad recurriendo al lenguaje total. Intentar entender a Giner de los Ríos desde los hechos que lo definieron, los sentimientos que provocó y provoca, en otros, en mí. Sentir que parte de Giner de los Ríos es mía, parte de mí.

Y para encontrar estas claves recurro a la estructura del libro “La forja de un rebelde”, al que García Márquez considera uno de los mejores diez libros del exilio español. Arturo Barea divide el libro en tres grandes capítulos: La Forja, la Ruta, la Llama. Me parece que estos tres grandes capítulos pueden servir también para definir las etapas que marcaron la vida de Giner de los Ríos.

La Forja: Nació Giner en 1839, pocos años después de la llegada de Isabel II al trono. Siendo una reina-niña, menor de edad, era su madre María Cristina, quien actuaba como Regente, afrontando la primera Guerra Carlista, que cuestiona que la niña Isabel llegue a reinar.

Durante este reinado se forjará Francisco Giner de los Ríos. Nace en Ronda, pero se forma en Cádiz, estudia el Bachillerato en Alicante, inicia estudios de Jurisprudencia en Barcelona, pasante en Madrid y obtiene la Licenciatura de Derecho y Bachiller en Filosofía en Granada, donde tomará sus primeros contactos con el krausismo y conoce a Nicolás Salmerón, que llegará a ser Presidente de la I República Española y diputado, desde 1886 por circunscripciones como Madrid y Barcelona, hasta su fallecimiento en 1908. La formación de Giner cuenta con personas como el también Presidente de la República de 1873, Emilio Castelar, o Gumersindo de Azcárate.

Algo mayores eran Francisco Pi y Margall, también futuro Presidente de la República, o el introductor del krausismo en España, Julián Sanz del Río, aunque formaban parte del núcleo intelectual que, desde la defensa de la libertad de enseñanza, construyeron un modelo de educación que quería reformar España, con la convicción de que, ni las revoluciones, ni la violencia, aportan soluciones reales a los problemas.

Cada generación tiene la obligación de dar respuesta a los problemas que se encuentra, afrontar los retos propios de su momento y ellos lo hicieron con responsabilidad generosidad y con creces.

En 1863 Giner de los Ríos ya está en Madrid y, al tiempo que trabaja, obtiene un Doctorado en la Universidad Central, accediendo en 1866, con 27 años, a la Cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional. Es aquí donde desarrolla su amistad con Sanz del Río y se adentra en el krausismo, como pensamiento inspirador de su acción.

Pero pronto, en 1867, el Ministro de Educación conservado, Manuel Orovio, publica un decreto contra la libertad de cátedra. Julián Sanz del río, Fernando de Castro, Nicolás Salmerón y otros, son separados de sus cátedras. Giner se pronuncia en solidaridad con ellos y en mayo es suspendido como catedrático.

Poco después estalla La Gloriosa. Isabel II abandona un trono acosado por las divisiones, las fuerzas carlistas y la corrupción generalizada, en torno al desarrollo de infraestructuras como el ferrocarril. Prim, toma el mando de la situación y el decreto de libertad de enseñanza repone en sus cátedras a los separados de las mismas.

Se inicia, de esta manera, el “sexenio democrático” que, tras diferentes intentos, desemboca en la designación como Rey de Amadeo de Saboya, el cual parte hacia España el mismo día que su mentor, el general Prim, es asesinado.  Un periodo marcado por la inestabilidad política impulsada por la iglesia, los carlistas, los unionistas, los progresistas, los republicanos, o por la aristocracia borbónica.  Muerto Prim, el único capad de poner algo de orden en la confusión del momento, el reinado de Amadeo nace herido de muerte, incapaz de frenar el independentismo cubano, la guerra carlista y las tensiones en torno a la definición del modelo de Estado.

Amadeo renuncia al trono y en 1873 se proclama la I República, que pronto tiene que hacer frente a tres guerras. La carlista, la cubana y la desencadenada por las tensiones entre federalistas y centralistas, que desemboca en la proclamación de cantones independientes, maravillosamente reflejada, años después, por Ramón J. Sénder, en su novela Mr. Witt en el cantón. La República, como bien sabemos, acabó con la entrada del general Pavía, a caballo, en el Congreso de los Diputados y dando paso a la Restauración Borbónica, con el hijo de Isabel II, Alfonso XII, en el trono.

Acaba con esta experiencia la forja de Francisco Giner de los Ríos y serán los primeros actos del nuevo gobierno de Cánovas del Castillo los que inaugurarán su nueva ruta vital.

Francisco Javier López Martín

 

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La clase obrera quiere una Carta de Derechos

jlopez.ccoo.es | 10 Diciembre, 2015 09:14

Ya les hemos dicho a los candidatos que España necesita una nueva política económica, con menos austeridad impuesta y más inversión acordada, para crear empleo de calidad, crecer de manera sana y sostenible y sentar las bases para mantener el Estado de Bienestar.

Eso pasa por ser más productivos en base a la innovación y la inversión y no explotando miserablemente a los trabajadores y trabajadoras. Hay que mejorar la formación continua y la educación en todos sus ciclos. Necesitamos un sector público fuerte, sano eficiente, que ayude e impulse al sector privado. Hay que producir mejor para mejorar la calidad y promover las exportaciones. Crecer en forma sostenible y equitativa. No sólo los más ricos.

Este esfuerzo colectivo debe tener como objetivo dignificar el trabajo y el empleo. Reconocer el papel vertebrador del trabajo en la sociedad.  Quien tiene un trabajo, obtiene recursos y adquiere derechos sobre el gobierno de su futuro.

España tiene que reconocer el papel del trabajo y la dignidad del empleo. Por eso hemos propuesto la aprobación de una Carta de Derechos de los Trabajadores y Trabajadoras. Una carta que podría tener el carácter de Ley Orgánica que refuerce los derechos fundamentales de los ciudadanos y ciudadanas, en relación al trabajo.

Una carta que debería incluir:

1. El derecho al trabajo. Lo cual significa no sólo acceso al empleo, sino derecho a la información, formación, orientación y acceso  a servicios públicos de empleo. Significa condiciones de trabajo dignas, derecho al convenio colectivo, al salario suficiente, a la conciliación de la vida laboral, familiar y social.

2. El derecho a un contrato digno, cuya estabilidad se corresponda con el puesto de trabajo y cuyas causas de extinción sean justas, con un procedimiento regulado, una indemnización proporcionada y con protección por desempleo suficiente.

3. Derecho  a la salud y seguridad en el trabajo, con medidas de prevención, controles y sanciones en casos de incumplimiento.  Derecho a la Seguridad Social, que debe contar con prestaciones suficientes, en caso de accidente o enfermedad profesional. La representación de los trabajadores debe participar en la prevención y el control, así como tiene la probabilidad de paralizar el trabajo ante riesgos inminentes o graves. Es la vida la que está en juego.

4. Derecho a asociarse al sindicato libremente, realizar la acción sindical en la empresa, y fuera de ella, participar en una huelga, reunirse dentro y fuera de los centros de trabajo, recibir información y ser consultados sobre la situación y futuro de la empresa. Una empresa no es un empresario, sino un empresario con los trabajadores y trabajadoras, por más que muchos empresarios no lo quieran entender.

5. La democracia y los derechos constitucionales no pueden acabar a las puertas de la empresa. Cada trabajador y trabajadora tiene derecho al honor, a la intimidad, a la imagen, a la protección de sus datos personales.

6. De la misma forma tienen derecho a expresarse en libertad, opinar, tener sus creencias. Acceder a la información laboral y sindical que necesite.

7. Derecho a un salario digno y suficiente, sin discriminaciones a causa de la edad, sexo, tipo de contrato.

8. Derecho a un tiempo de trabajo acordado y pactado, con tiempos máximos establecidos en jornada anual.

9. Derecho a formarse y participar en planes de formación y estudios.

10. Derecho a un trato digno, sin desprecios, vejaciones, por parte de la dirección, o los propios compañeros. El acoso laboral (moral o sexual) debe ser prevenido y perseguido cuando se produce.

11. Derecho a no ser discriminados en la relación laboral, por razones de edad, discapacidad, sexo, origen, condición sexual, pertenencia o no a un sindicato, creencias religiosas, participación en huelgas, o actos de reclamación a la empresa.

Establecer, negociar, aprobar una Carta de Derechos de los Trabajadores y Trabajadoras, de estas características, concedería a los trabajadores y trabajadoras, al trabajo, un valor y un reconocimiento que han sido negados y relegados con la disculpa de la crisis económica, que ha traído de la mano una larga serie de recortes de derechos que hacen que muchos empleos sean hoy más parecidos a la esclavitud que a un trabajo humano, que enriquece a la persona y crea riqueza justamente repartida.

Francisco Javier López Martín 

 

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CRONICA DE LA SEGUNDA RESTAURACION BORBONICA

jlopez.ccoo.es | 17 Agosto, 2015 21:55

Dicen que Obama va a aprovechar sus vacaciones para leer seis libros pendientes, entre los que figuran bestsellers, libros sobre medio ambiente y racismo, otro sobre George Washington y algo sobre la Segunda Guerra Mundial. Ni más ni menos, con variaciones temáticas, que lo que hemos hecho, o pretendemos hacer, otros muchos humanos durante este verano.

Imbuido por estas buenas intenciones he topado, en la biblioteca pública, con un magnífico Desfile de Ciervos de Manuel Vicent. No soy crítico literario. Seguro que no he leído el mejor libro de Vicent, pero sí uno de los escritos con más libertad y con mayor frescura. Una crónica concebida como un collage del paisaje de las Españas a lo largo de los últimos veinte años. No en vano Vicent construye cada columna con la preocupación de captar con precisión la luz de cada escena.

El libro arranca con la descripción de tres cadáveres colgados en grúas de la construcción a orillas del Mediterráneo, el mismo día en el que la familia real acude al estudio de un afamado pintor, al que no pone nombre, pero para todos reconocible, para dar comienzo al encargo de Patrimonio Nacional de pintar el retrato de familia.

Durante todo el libro, Vicent se esmera en mostrarnos el mito de Dorian Grey construido al revés. Mientras que éste permanecía inalterablemente bello, al tiempo que su retrato iba reflejando la degradación de su vida, es el cuadro, en este caso, el que permanece inmutable mientras es la realidad la que se destruye a sí misma.

Por el libro desfilan todos los miembros de la casa real, junto a sus adquisiciones más notables. Desde Marichalar a Urdangarín y Letizia, dejando constancia de sus predecesoras en las aspiraciones reales. Los negocios familiares y el silencio generalizado y cómplice, también de los medios de comunicación, ante lo que todo el mundo conocía.

Desfilan los constructores corruptos y sus aliados en la política. Los caciques valencianos y sus pelotazos inmobiliarios. Los negocios de los Pujol y el Aznar más acomplejado y crecido, que pone los pies en la misma mesa que Bush y nos embarca en uno de los mayores desastres mundiales y uno de los mayores negocios planetarios. El socialista al que llamaban bambi y su predecesor, que arrumbó la chaqueta de pana ante las presiones de sus mentores de la socialdemocracia alemana.

Nos lleva del ladrillazo a la crisis, pasando por los prostíbulos repletos de mujeres del Este donde se cierran los grandes negocios y se fraguan las grandes tragedias que vendrán después. Nos mete por los vericuetos de los campos de limoneros donde llegarán las grúas, o donde yacerán cadáveres. No falta el periodismo, el ascenso y la caída de los comunicadores. No falta el amor, ni la llegada de la muerte, ni los banqueros que conceden créditos de alto riesgo y luego acusan a esos mismos clientes de haber vivido con ese dinero muy por encima de sus posibilidades.

Siempre he afirmado que esta España de la segunda restauración borbónica necesita un Benito Pérez Galdós, o un Valle-Inclán. Tal vez un Luis Buñuel. Reinventar el esperpento y sus Luces de Bohemia, o su Hija del Capitán. Volver a Misericordia, o a Tristana y verla luego en el cine de la mano de Buñuel.

Repasar nuestra reciente historia a la luz de unos nuevos Episodios Nacionales en los que los auténticos héroes fueran cuantos supieron mantener la decencia y la dignidad, aún transitando por las miserias y la mediocridad, las ansias insaciables de poder y dinero, que todo lo han ido corrompiendo a su paso. Héroes más parecidos a los trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola, que a los altos ejecutivos de la depredadora multinacional.

Desfile de Ciervos es un fresco satírico y amargo que se adentra en ese mundo y que se aproxima a esa necesidad de reconocer y de reconocernos, en este mundo que se derrumba, pero que lucha por no morir, mientras que el cabreo y la indignación que han causado se esfuerza por encontrar un camino para otra España que debería de nacer, pero que no termina de hacerlo.

Dice Manuel Vicent, en una reciente entrevista, Si salimos de la crisis volveremos a repetir la misma feria. No anda descaminado. Cuando no tomamos buena nota de los errores del pasado estamos condenados a repetirlos. La segunda restauración no ha tenido un devenir tan distinto de la primera. Los males de España no han cambiado tanto en todos estos años y reaparecen cada cierto tiempo. Es cierto que alterados por la luz de cada tiempo y los cambios sociales y económicos que se han producido.

Pero no podemos cerrar los ojos a una crisis de identidad que estalló con la pérdida de las últimas colonias hace más de cien años y que reaparece periódicamente bajo el mantra de la reforma constitucional. No hay tantos caciques a la antigua usanza, pero es innegable que la soberbia de los poderosos impide la respuesta a las necesidades de una mayoría cada vez menos silenciosa y que la justicia no igual para todos, mientras su mano cae implacable sobre los "robagallinas".

No existen tantos jornaleros esperando en las plazas de los pueblos una peonada, pero hay más de cinco millones de parados, al tiempo que los derechos del empresario son ensalzados y los derechos sindicales pisoteados. Toda una generación de jóvenes ve cómo se le niega un horizonte futuro de empleo, condenados a la precariedad, la inseguridad, los bajos salarios.

El conflicto social no se dirime principalmente en la lucha por el pan, pero lo hace en la lucha por el trabajo decente, la sanidad, la educación, o los servicios sociales. Los pobres ya no piden mayoritariamente en las puertas de las iglesias, pero los comedores sociales y los bancos de alimentos reparten comida a toneladas, mientras la beneficencia sustituye a unos servicios públicos que ven imposibilitado seguir siendo garantes de la justicia social.

Las desigualdades sociales crecen de forma imparable y la crisis hace más ricos a unos pocos y más pobres a la mayoría. Algo no funciona en España y hay que decirlo en las calles, pero también hay que contarlo, como lo hace Manuel  Vicent y como lo deben hacer otros muchos y muchas. Cada qien con sus voces, sus formas, su estilo y sus maneras. Pero necesitamos esos contadores de historias que nos recuerden, a la mejor manera de Chejov, ¡Ustedes viven mal, señores! ¡Es vergonzoso vivir así!

Francisco Javier López Martín 

 

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La cuenta personal de formación

jlopez.ccoo.es | 29 Abril, 2014 12:42

La nueva Ley francesa de Formación Profesional es un buen ejemplo del debate abierto en toda Europa, también en nuestro país, sobre la importancia de la Formación Profesional para el Empleo.

La ley francesa va más allá de la Formación Profesional, porque se convierte en un instrumento para regular la representatividad y financiación de las organizaciones empresariales y sindicales, además de regular la financiación del sistema de formación, o reforzar el papel de la Inspección de Trabajo en el control del sistema.

No da el espacio de un artículo para dejar constancia de los cambios que introduce la ley francesa y que podríamos y deberíamos tomar en cuenta en la negociación de un nuevo modelo de formación para el Empleo en España.

Ya he reflexionado en otros momentos sobre  otros elementos a tomar en cuenta, en un cambio de modelo de formación, como la tan cacareada formación dual.  Aprovecharé este artículo para describir la Cuenta Personal de Formación (CPF).  Toda persona mayor de 16 años, con o sin empleo, así como los mayores de 15 años que  hayan terminado ciclo escolar y firmen un contrato de aprendizaje, dispondrán de esta CPF, que se nutrirá  con 20 horas de formación por año trabajado, hasta alcanzar un crédito de 120 horas, y posteriormente 150 horas.

Se trata de una Cuenta Personal no vinculada a un contrato, sino a una vida laboral.  Es decir, la Cuenta de Formación (CPF) va unida a la persona y sigue a la persona a lo largo de su vida laboral, favoreciendo su itinerario profesional.

Las horas acumuladas no se pierden al cambiar de empleo, o perder el empleo.  Además pueden incrementarse con aportaciones complementarias de la empresa, el trabajador, los organismos paritarios (empresariales y sindicales), las instituciones, las Regiones……

Permitirá, esta cuenta personal, adquirir competencias, certificados, títulos más prolongados en el tiempo y por lo tanto más útiles para la economía y para los itinerarios profesionales.

La cuenta viene a sustituir el Derecho Individual de Formación ( DIF) que no llegaba al 5% de utilización, promovía procesos cortos de formación con una media de 22,5 horas por acción formativa y alcanzando a 66.000 personas en 2012.  Si el DIF contaba con 180 millones de euros, la nueva Cuenta Personal de Formación (CPF) contaría con una dotación de 1.000 millones de Euros anuales.

Para las personas desempleadas que buscan un empleo, la cuenta personal de formación supone medios y el derecho a formarse.  Los recursos que aportan las empresas a través de organismos bipartitos de empresarios y sindicatos para la protección a las personas desempleadas pasarán de 600 a 900 millones de Euros, además de los recursos que los Servicios Regionales de empleo puedan aportar a las cuentas personales de formación de los solicitantes de empleo.

A partir de ahora, la Cuenta Personal de Formación, se constituye en Francia en la puerta de acceso a la Formación Profesional, además de convertir al trabajador o trabajadora, en el protagonista de su propia carrera profesional. La empresa participa, pero es el trabajador el que utiliza las horas de su cuenta sin esperar a que otros, ya sean empresa o servicios de empleo, decidan por él.

En las grandes empresas la negociación colectiva  nutrirá  las cuentas de formación con horas de formación, que podrán incrementarse en función de las necesidades formativas acordadas. 

En las pequeñas empresas será el Fondo Paritario de Protección, constituido por empresarios y sindicatos, el que planificará las acciones formativas en el marco de un plan para la formación en las pequeñas empresas.

No existen soluciones mágicas, ni modelos de gestión únicos, pero creo que para repensar el modelo de formación para el empleo, la condición del éxito estriba en conseguir compaginar el derecho personal a la formación, con las necesidades del sistema productivo.  Estriba en combinar y articular bien el carácter bipartito (empresarios-sindicatos) y tripartito (Administración, empresarios, sindicatos) que deben vertebrar y organizar el sistema.

Bajo la fórmula de la formación dual (a la alemana, austriaca, suiza, danesa, francesa, o de cualquier otro país europeo), o bajo el modelo francés, es el equilibrio entre estos elementos el que asegura el éxito, o determina el fracaso, del modelo.

Aprender de lo mejor de cada sistema, mantener lo mejor de nuestra propia experiencia de formación y prácticas en las empresas, debe permitirnos negociar un nuevo modelo de formación al servicio de las personas y de un nuevo modelo de país que necesitamos.

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación de CCOO

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Todos los 8 de marzo

jlopez.ccoo.es | 07 Marzo, 2014 10:04

Todos los 8 de Marzo se convierten en un momento para reivindicar la igualdad de la mujer en nuestra sociedad. Un día para reivindicar el final de esa violencia de género que nos sigue golpeando día tras día desde las pantallas de la televisión y las páginas interiores de los periódicos. Un día para exigir que el acoso sexual, el acoso laboral, dejen de ser una realidad cotidiana que machaca a miles de mujeres. Para tomar conciencia de la discriminación laboral, social, cultural, que ha pervivido tras más de 35 años de Constitución democrática.

Todos los 8 de Marzo se convierten en el día en el que el curso de la historia parece detenerse para constatar que, a partir del mismo, todo puede cambiar a mejor, si nos lo proponemos. Por eso cada 8 de Marzo miles de personas, mujeres y hombres, retoman el compromiso por la igualdad. Porque ese es el verdadero problema. El reto de la igualdad. Un reto en el que hemos ido perdiendo terreno, a lo largo de los últimos años de triunfo de un imaginario de prosperidad infinita, enriquecimiento generalizado, endeudamiento espiral, que nos otorgaba la libertad de consumir productos y servicios sin cuento y sin fin.

El viejo ideario de la libertad y la igualdad, de la mano de su inseparable compañera, la solidaridad (a la que los revolucionarios franceses llamaban fraternidad), ha devenido en un liberalismo feroz, antisocial y, a la vista de los acontecimientos, antieconómico e insostenible, que ha propiciado que los desechos se conviertan en el paradigma de la sociedad.

Ese mundo se ha derrumbado estrepitosamente sobre la sociedad toda, pero son las mujeres las que primero padecen los efectos de las crisis y las que más tardan en sentir los efectos de las recuperaciones económicas. El paro de las mujeres, las pensiones de las mujeres, la calidad de su empleo, ponen de relieve la discriminación existente.

La cualificación de las nuevas generaciones de mujeres, contrasta con los empleos que ocupan, sus salarios siguen sometidos a una brecha salarial injustificable. Siguen perviviendo categorías profesionales destinadas a discriminar salarialmente a la mujer, de forma que con cualificaciones similares, se producen diferencias salariales sustanciales.

Preservar los derechos y los avances en igualdad conquistados, hubiera debido ser el empeño de cualquier gobierno para intentar salir de la crisis más pobres, pero no menos iguales. Sin embargo hemos asistido a un proceso de desmantelamiento de derechos laborales y sociales. Se han alentado políticas de austeridad y recortes presupuestarios, que han incidido directamente en el aumento de las desigualdades y de forma notoria las de género.

Los recortes en la sanidad y la educación públicas, en los servicios sociales, tienen efectos inmediatos sobre las mujeres. Los recortes en educación infantil (0-3 años), en la ayuda a domicilio,  en la aplicación de la ley de dependencia, en plazas residenciales y centros de día. Hasta la aplicación de la reforma laboral introduce nuevas medidas encaminadas a endurecer las condiciones de trabajo e impedir la conciliación de la vida laboral, personal y familiar.

Para terminar de agravar el proceso de involución en la vida y los derechos de la mujer española, entra en liza el poderoso influjo de la jerarquía católica española, que se niega a perder sus privilegios económicos y su capacidad de imponer sus principios a toda la sociedad. La contrarreforma de la Ley del Aborto, es un mazazo en el centro mismo de una sociedad que a duras penas ha conseguido ir arrinconando un pasado de sometimiento al nacionalcatolicismo más rancio y casposo de la vieja Europa.

Como bien nos recuerda Laura Nuño, Directora de la Cátedra de Género del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos y Coordinadora del Master en Género y Políticas de Igualdad entre Mujeres y Hombres,  que CCOO organizamos conjuntamente con la Universidad Rey Juan Carlos, los avances son siempre muy lentos y rápidos los retrocesos.

Por eso, no podemos permitir que la igualdad pase a ser un asunto subsidiario en las políticas públicas. No podemos tolerar que la violencia de género sea tratada como un drama puntual y no como un problema estructural de nuestra sociedad. No podemos aceptar que la Ley del Aborto nos retrotraiga a la etapa más negra de nuestra historia.

Este 8 de Marzo, como todos los 8 de Marzo, ratificamos un compromiso: No podemos consentir que la igualdad de género, los avances en materia de paridad, sean tratados como una molesta obligación, tras la cual se oculta la pervivencia de una profunda fractura de desigualdad y discriminación en nuestro país.

 

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación de CCOO

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Mucha reforma y poca formación

jlopez.ccoo.es | 21 Febrero, 2014 13:23

Lo peor de las crisis de caballo que vivimos es la obsesión de los gobernantes por aplicar “reformas” que consigan “resultados”, lo cual les conduce a un empeño constante por dar palos de ciego.  Cada día sacamos a pasear una procesión y si, por un casual llueve, es gracias a la imagen que llevamos en andas y si no llueve es por falta de fe en la susodicha.

Acostumbrados a este proceder endémico, nos hemos convertido en expertos en intuir cuándo sacar la imaginería, antes incluso de que los hombres del tiempo anuncien lluvia.  Así siempre podemos seguir fomentando la fe en los milagros.

Ese loco empeño produce efectos demoledores sobre las políticas.  Por ejemplo, es evidente que la formación no crea empleo, aunque hace más fácil conseguirlo.  Tampoco mejora la calidad del empleo por si misma, ni los procesos productivos. 

Perseguir resultados inmediatos de la formación es querer ver un árbol crecido inmediatamente después de haber plantado la semilla, lo cual es imposible. Y, sin embargo, eso es lo que se hace sin descanso.

Las políticas indiscriminadas de ajuste han llevado a reformas educativas sin consensos, a contratos de aprendizaje sin garantías, a alimentar el mito de una formación dual, más virtual que real.  Y todo ello en aras de adaptar la formación a las necesidades de las empresas, aún a sabiendas de que esas empresas sufren destruyendo empleo y, el que crean. es temporal y de baja cualificación.

Los datos oficiales son demoledores.  El SEPE (antiguo INEM), nos dice que las ocupaciones más ofertadas por los empresarios son para contratar trabajadores de transporte de mercancías, descargadores, administrativos, animadores de tiempo libre, promotores de ventas….

El empresariado parece bastante menos interesado en la cualificación de sus trabajadores, que en su disponibilidad horaria, su flexibilidad, su “compromiso” con la empresa. Les preocupa más, a nuestros empresarios, la actitud, que la aptitud.

Pero la paradoja es que el empresario, el emprendedor, la empresa, se han convertido en el centro de las políticas.  Da igual qué tipo de empresa, su compromiso con la sociedad, su carácter productivo o especulativo.  Poner jóvenes al servicio y libre disposición de la empresa, es la última moda y lo más innovador.  De ahí que la educación y la formación, un derecho constitucional, haya dejado de ser un bien público, para ponerse a disposición de los intereses económicos privados.

En buena lógica es el nivel de formación de la población, en relación con las características del tejido productivo y empresarial que tenemos, el que determina las necesidades formativas reales y no al contrario.  Por eso, la política de formación debería combinarse con las estrategias de desarrollo a medio plazo que deben incorporar actividades productivas e industriales, que generen empleo, que apuesten por inversiones en infraestructuras públicas, que incorporen elementos de protección social, que fortalezcan la negociación colectiva y la capacidad de acuerdo entre empresa y los trabajadores organizados en sindicatos..

Una realidad de nuestra formación es que seguimos teniendo un 45% de la población entre 25 y 64 años con un nivel educativo de primera etapa formativa o inferior, el más alto de Europa, después de Portugal.

Pese a ello los recortes se han llevado por delante 7.984 millones de euros de presupuesto educativo y la Formación para el Empleo se ha visto recortada en 800 millones.  Queda en muy poco el compromiso teórico de mejorar el nivel educativo general, la recualificación de las personas en desempleo, la adaptación de las personas que trabajan. Y, sin embargo, combatir el abandono escolar y elevar los niveles medios de cualificación debería aglutinar los esfuerzos prioritarios de la administración educativa.

La reducción de los recursos contrasta con el incremento de la demanda. Así, la matrícula de los ciclos de FP del sistema educativo se ha incrementado en los peores años de la crisis, entre 2009 y 2012 en un 15 por ciento en los ciclos de Grado Medio y en un 24 por ciento en los Ciclos de Grado Superior. Por su parte, la Formación de Adultos para preparar acceso a la FP ha incrementado su matrícula en un 24 por ciento.

Las verdaderas reformas que habría que abordar, en estos momentos, pasarían por revertir las reformas estructurales en aquellos aspectos que ponen en cuestión y debilitan la equidad y la calidad e la educación. La Reforma Educativa del ministro Wert, la reforma del contrato de aprendizaje, el desastroso diseño de la formación dual, son elementos sobre los que habría que actuar de inmediato. Sería urgente regular de forma clara, en al marco del diálogo social, el Estatuto de Aprendiz y del Practicando, para evitar una abusiva explotación laboral de los jóvenes, cada vez más extendida.

Se encuentra pendiente la negociación de un III Programa Nacional de Formación Profesional, que debería constituir la oportunidad para establecer un Pacto por la FP, simplificando el diseño de instituciones que actúan y coordinando mejor la oferta formativa, evitando duplicidades. Convirtiendo la Negociación Colectiva en un elemento vertebrador de todas las actividades formativas en los centros de trabajo. Facilitando la mejora de la formación de las personas adultas, desde los distintos ámbitos, haciendo posible una oferta accesible y gratuita, permisos remunerados, Planes Sectoriales de cualificación, reconocimiento de las competencias adquiridas a través de la experiencia profesional. Todo un abanico de posibilidades que permitiría enriquecer las relaciones laborales y crear un clima de trabajo que ponga en valor la Formación Profesional en el ámbito de las empresas y los sectores productivos.

En cuanto al panorama de la Formación para el Empleo, la que se sustenta en la cuota de formación, que pagamos empresas y trabajadores, debería seguir el modelo europeo, en el que empresarios y trabajadores tienen un papel determinante en la toma de decisiones sobre la formación de las personas ocupadas. Sin embargo, durante los dos últimos años se han introducido modificaciones no negociadas por el Gobierno, se han deteriorado los instrumentos de participación, se ha fomentado la presencia de sectores privados con intereses económicos en la formación y se han olvidado las sentencias del Tribunal Constitucional que avalan la vigencia y validez del modelo.

Por eso creemos llegado el momento de aprovechar la negociación de los V Acuerdos de Formación Profesional para el empleo, para definir las competencias de cada Administración; desarrollar el derecho individual a la formación; crear sistemas integrados de información y orientación laboral, así como de registro de entidades formativas; redefinir la arquitectura institucional del sistema y el papel que debe jugar en el futuro el Consejo General de la Formación Profesional, la Comisión Estatal de Formación para el Empleo y la propia Fundación Tripartita de Formación para el Empleo; incrementar el papel de los centros públicos en la formación de trabajadores y trabajadoras; evaluando de forma permanente para reforzar la eficacia y eficiencia de la formación.

La obsesión por las reformas, también en materia educativa, no puede conducir al país a un destrozo de lo construido con largo e intenso esfuerzo, sino a  un mejor aprovechamiento de los recursos disponibles. De otra parte, esos cambios no pueden producirse desde una genérica primacía de la empresa, sino desde el derecho individual de las personas a la formación y desde la necesidad de dotarse de estrategias productivas en el medio plazo, que permitan determinar la formación y las adaptaciones de cualificación que vamos a necesitar en el país.

Los recursos son siempre escasos, pero si los utilizamos bien podemos, incluso en tiempos de crisis, hacer que la formación constituya la base sólida para superar la crisis y afrontar un futuro económico y social sólido y sostenible.

 

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación CCOO

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2013 el año del oprobio

jlopez.ccoo.es | 09 Enero, 2014 12:13

Es difícil decir algo sobre 2013 que no haya sido dicho ya. Pocos años habrán sido percibidos tan nefastos como el que acaba de terminar, pese a que no han faltado malos años en nuestra historia. Sin embargo, en muy pocas ocasiones hemos podido sentir que los cambios que se estaban produciendo, acelerados, vertiginosos, nos conducían a otro país. Un país que no sabemos cómo será, pero que intuimos que alguien está diseñando a nuestras espaldas.

Para mí también ha sido un año de profundos cambios. La Secretaría General de CCOO de Madrid, que ocupé hasta enero, me parece, tras el año transcurrido, un lugar seguro, en el que la perspectiva tenía puntos de fuga reales a los que dirigir la vista en cada momento, a los que acudir para poner barreras, taponar grietas, frenar agresiones. Un lugar donde perder o ganar. Un lugar inmenso, pero acotado. Un territorio de frontera, pero de dimensiones aún humanas. Complicado, pero conocido.

Durante este año me he adentrado en un territorio nuevo. El de la formación profesional para el empleo. Soy maestro y el funcionamiento de la estructura educativa no me es ajeno. Sin embargo, la formación para el empleo es un subsistema que funciona como un submundo, con reglas propias y una arquitectura diseñada a lo largo de décadas, que hoy se ve sometida a los avatares de la crisis, no sólo económica, sino de empleo, social, política, cultural.

El modelo de formación para el empleo tiene muchas virtudes y no pocos problemas. Revisar el modelo, crear un nuevo marco para la formación de los trabajadores y trabajadoras a lo largo de toda la vida, sería una tarea urgente, pero lo urgente no siempre es prioritario en política y la política no goza de buena salud en nuestro país.

Ha sido duro. Y, sin embargo, lo peor con diferencia no ha consistido en aceptar un nuevo reto en tiempos difíciles, sino percibir que la crisis que atravesamos es mucho más que una crisis económica al uso, más dura y más larga que otras anteriores. Percibir que el mundo que hemos vivido y conocido, afronta uno de esos procesos de transformación histórica que lo convierte en irreconocible y que abre un escenario nuevo de imprevisibles consecuencias. Un mundo globalizado frente al que los Gobiernos, los Estados, los pueblos, tienen poco margen de maniobra y los instrumentos de gobierno internacionales se muestran impotentes.

Por lo pronto, el destrozo económico que ha producido la crisis, ha fracturado el mercado de trabajo hasta límites intolerables. El paro frente al empleo, el temporal frente al fijo, el becario frente a todos. El empleado público frente al privado. El autónomo frente al asalariado. En todos los casos los salarios se reducen, las condiciones de trabajo empeoran, las posibilidades de encontrar un empleo para los que carecen del mismo son cada día menores, las posibilidades de perderlo para cuantos lo han conservado han crecido de forma desproporcionada. La temporalidad, la precariedad, la inseguridad en los derechos laborales, parecen convertirse en el paradigma de la modernidad que se avecina.

Mientras tanto, los recortes sociales han conseguido que servicios esenciales para el bienestar de la ciudadanía se hayan visto no sólo recortados, sino sometidos a los flujos de los intereses privados. La sanidad, la educación, los servicios sociales, la atención a nuestros mayores, el acceso a la cultura, que considerábamos como logros conseguidos durante largos procesos de movilización y negociación, de construcción democrática, se ven sometidos a las reglas inexorables de los mercados.

Las libertades públicas, los derechos individuales, para reunirse, concentrarse, manifestarse. El derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Hasta el derecho a fumarse un canuto de marihuana, se ven limitados y sometidos a ancestrales principios del nacionalcatolicismo. Retrocedemos a pasos de gigante hacia los últimos puestos de la Unión Europea en los derechos laborales, sociales, de ciudadanía.

La especulación, la corrupción, la puerta giratoria que pone en comunicación constante la política y los intereses empresariales, la falta de transparencia, el tráfico de influencias y de información, en aras de conseguir más riqueza, más poder. Los largos años dedicados a construir un espejismo de riqueza basado en el alto consumo interno, el endeudamiento infinito, el crecimiento especulativo del sector inmobiliario y de los precios de la vivienda, hicieron el resto y hoy pasan factura.

Algo muy grave tiene que haber pasado en el corazón de este país para que las ansias de riqueza, el todo vale para conseguir el poder del dinero, el amor al poder, se hayan convertido en valores admirables y admirados. Algo muy grave tiene que haber ocurrido para que el beneficio fácil y especulativo prevalezca sobre el estudio, el esfuerzo, el trabajo de cada día. Algo debe haber nublado este rincón de Europa que lamamos España, para que tanta gente de alta estirpe y de baja estopa, de alta cuna y de baja cama, hayan creído que la impunidad podía presidir sus comportamientos especulativos, sus tráficos de influencias, sus fraudes a la Hacienda, sus correos dando cuenta y presumiendo de sus actuaciones mafiosas.

Así llegaron estos largos años de crisis. Así nos ha golpeado sin clemencia y con brutalidad inusitada. Así ha terminado este año 2013, este año del oprobio, mientras hay quien anuncia que 2014 será el año de la recuperación de la economía. Parece ser que hemos tocado suelo, e iniciamos una larga y lenta recuperación, en la que lo último que volveremos a tener será empleo y, para cuando éste retorne, será temporal, precario, inseguro, mal pagado y sin derechos. Así de simple, así de terrible.

Paradójicamente, quienes más dicen amar a España, están alentando todo el individualismo necesario, produciendo todas las fracturas precisas, dibujando todos los puntos de fuga posibles y  levantando todas las murallas infranqueables, para impedir cualquier intento de reconstrucción, o para que esa reconstrucción se produzca bajo los designios de una nueva burbuja especulativa, en un nuevo modelo económico y social, en el que los pueblos hayan perdido todas las bazas para gobernar y tan siquiera limitar, las fuerzas de una economía de consumo globalizado.

El destino no está escrito, pero si queremos elegir y decidir nuestro destino, deberemos sumar mucha sensatez, mucha voluntad, mucho trabajo, mucha flexibilidad en las ideas y una cultura de la honestidad, a prueba de bombas, de la que no andamos sobrados. No lo tenemos fácil. En primer lugar porque muchos de nuestros males son estructurales, forman parte de cuanto hemos acuñado como país. Y en segundo lugar porque nos encaminamos hacia un mundo desconocido, donde muchas de las experiencias pasadas nos servirán de poco.

Pero de nuestra decisión de hoy, dependerá el futuro de nuestras hijas y nuestros hijos. De nosotros y nosotras depende que ese futuro desconocido vaya naciendo bajo el signo de los derechos de ciudadanía, o sometidos a la marca del oprobio. Un futuro de las personas, o un futuro de opresión de las libertades. Es la hora de tomar las riendas y la palabra.

 

Francisco Javier López Martín.

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35 AÑOS: UNA CONSTITUCION EN LA ENCRUCIJADA

jlopez.ccoo.es | 06 Diciembre, 2013 01:31

Los años transcurridos, cuando acaban en cero, o cuando acaban en cinco, llaman al recuerdo, a la conmemoración. Convocan la memoria, la evocación del tiempo transcurrido, el camino andado, el momento que fue y el que está por venir. Pueden convertirse en un jetztzeit, al más puro estilo Walter Benjamin. Un tiempo del ahora, que rompe el curso continuo de los acontecimientos, cargado de energía y dispuesto a dar un salto hacia el futuro. Pueden convertirse, que nadie se ofenda (que anda el personal muy crispado), en momentos revolucionarios, cargados de transformaciones profundas. 35 años de Constitución Española, no son una cifra tan redonda como 25, o 50, pero bien podrían constituir un tiempo-ahora, como me recordaba recientemente Jesús Montero, al comentar un artículo mío sobre Camus y rememorar los 25 años transcurridos desde la Huelga general del 14-D. Y sin embargo, atenazados como estamos por una crisis económica, de empleo, política y social, nadie parece excesivamente interesado en conmemorar la Constitución. Como si pensáramos que hacerlo puede aún empeorar la ya irrespirable situación. El país parece entregado a la autoinmolación en aras de satisfacer a los más ancestrales demonios, que nos han devorado, cada cierto tiempo, a lo largo de nuestra historia, obligándonos a largos, duros y costosos procesos de renacimiento y reconstrucción, emergiendo de las cenizas. La eterna derechona inclemente, que transigió a regañadientes con el advenimiento de un régimen constitucional, ha encontrado en la crisis, la coartada perfecta para desmontar la igualdad aún incipiente e imperfecta que, con tanta persistencia y sacrificio, hemos ido construyendo. Vuelve por sus fueros el nacionalcatolicismo a las escuelas y se extinguen las becas y ayudas a los estudios. Vuelve Torquemada a perseguir el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, sobre su embarazo. Vuelven a expoliar los recursos de todos, para ponerlos a los pies del dios mercado, al servicio de los intereses privados. Vuelven nuestros mayores a la indigencia y la soledad. Vuelve la justicia a ser de pago. Vuelven los jóvenes, más preparados que nunca, a hacer las maletas y emigrar al extranjero. Y los que se quedan, serán la primera generación que viva peor que la anterior, desde hace muchas décadas. Porque de eso se trata. La precariedad, la temporalidad, lo efímero, la inseguridad como forma de vida y horizonte de futuro. La modernidad de diseño que nos deparan. Vuelve la criminalización de la protesta. Vuelve la hipocresía del empresario “buen salvaje”, que explota hasta el hastío a sus trabajadores y recoge alimentos para los mismos trabajadores que acaba de despedir, ahora convertidos en pobres que aguardan en la cola de la beneficencia. Vuelven las organizaciones de caridad, que no de justicia, que suplen temporal y precariamente, el hueco dejado por unos servicios públicos debilitados. Vuelven los ataques al sindicalismo. Si un despacho de abogados negocia un ERE en nombre de la empresa y cobra sus abultados honorarios, estamos ante profesionales. Si los abogados y economistas del sindicato intervienen y cobran un pequeño porcentaje que nada tiene que ver con los costes de los despachos “profesionales”, están robando a todos los ciudadanos. Si la editora de El Mundo, o de La Razón, o de ABC, organizan cursos para altos ejecutivos, a 3000, a 6000 euros, y los bonifican con recursos de todos los trabajadores extraidos de la Fundación Tripartita, y obtienen cuantiosas subvenciones y tapan sus agujeros financieros sangrando a Ministerios, a Comunidades Autónomas, Ayuntamientos, Universidades, el silencio es absoluto. Si los sindicatos organizan cursos, mucho más modestos, pero más pegados a las necesidades formativas de los trabajadores, de las personas paradas y del común de los mortales, son ladrones y ocupan portadas en esos mismos periódicos. El silencio es absoluto, entre otras cosas porque perro no come perro. Entre otras cosas, porque una corte de tertulianos bien pagados y alimentados, viven de despotricar, contra los sindicatos y contra la izquierda, en las tertulias de las mismas televisiones que propiedad de esos mismos grupos editores de los periódicos. Televisiones que les han sido concedidas por amigos bien situados en la política. Amigos que tendrán su puesto asegurado en los consejos de administración, cuando decidan utilizar la puerta giratoria que conecta la política con la empresa. Y no quiero decir, con todo esto, que los sindicatos y la izquierda, hayamos hecho todo bien en este país. La burbuja inmobiliaria, que trajo la ley del suelo del inefable Aznar, era mucho más que una burbuja de especulación inmobiliaria. Era especulación bancaria, Era fijar precios a la carta. Era con IVA o sin IVA. Era tener derechos sin deberes. Era depredar el territorio, las costas, los espacios protegidos. Era envilecer a las personas. Era espejismo de crecimiento sin fin. Era pelotazo infinito. Era consumo descabellado. Era vivir a crédito. Decía mi padre, que vivió y murió en la pobreza, Que no me pongan donde haya. A lo largo de la ultima década y media, todo parecían oportunidades y el que no las aprovechaba, podía pasar por tonto. También habrá habido sindicalistas que han picado ese anzuelo. No conozco, sin embargo, nadie que se haya hecho rico y haya amasado fortunas en el sindicato. Pero si alguno ha incurrido en ilegalidades, merece pagarlo. Estoy seguro de que cuando echemos cuentas de la locura que vivió este país y las consecuencias que trajo consigo, podremos comprobar que los sindicalistas aportaron una ínfima parte de esa locura. Quienes hoy deterioran lo público, la sanidad pública, la enseñanza pública, los servicios sociales, las pensiones. Quienes hoy atacan a los partidos políticos, a los sindicatos, a las instituciones públicas, degradando su credibilidad, preparan el asalto al Estado, para apropiarse de lo que es de todos, en beneficio de intereses privados. Sin control alguno, sin testigos. Con todo, la Constitución que construyeron quienes hace 35 años asumieron la responsabilidad de acabar con una dictadura, en un momento de crisis económica mundial que devoraba empleos, salarios, empresas, tiene poco que ver con la corrupción, con la destrucción de derechos laborales y sociales, con el paro, con las tensiones políticas, con el robo de lo que es de todos para ponerlo a los pies de los mercaderes,con la fractura social que se está generando. Más bien al contrario, releer la Constitución, que comienza definiéndonos como un Estado Social y Democrático de Derecho, puede ayudarnos a tomar conciencia de ese tiempo-ahora que nos toca vivir. Un tiempo que rompe la secuencia de los últimos 35 años y nos sitúa ante el despeñadero, o ante la voluntad de negociar un nuevo contrato social que asegure los derechos sociales y de ciudadanía, sin los cuales no hay país, no hay patria, no hay futuro. Hoy, la Constitución es nuestra última esperanza. Francisco Javier López Martín

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CAMUS, UN EXTRANJERO

jlopez.ccoo.es | 07 Noviembre, 2013 13:01

A modo de introducción:

Inicio mi andadura en este espacio de Blogs de CCOO, con un artículo dedicado al centenario del nacimiento de Albert Camus. Habrá quien pensará que hay temas más actuales y combativos para un momento como éste. Y, sin embargo, os lo aseguro, no se me ocurre otro tema más actual y combativo, más necesario para cada uno de nosotros y nosotras, como personas, como ciudadanía, como clase trabajadora, que la lucha permanente y prometéica de nuestra gente, para abrir paso a la justicia y a la libertad, sin ceder un solo paso en ninguno de los dos empeños.

Albert Camus

 

ALBERT CAMUS, NUESTRO EXTRANJERO

El 7 de Noviembre de 1913 nacía en la Argelia francesa Albert Camus. 44 años después, en 1957, el año de mi nacimiento, el año aleatorio del nacimiento de las CCOO, Albert Camus recibía el Premio Nobel de Literatura, por “el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”. Su discurso, en el momento de recibir el premio, es toda una declaración de vida y de intenciones que no me resisto a reproducir al final de este artículo.

Un discurso en el que reconoce el fracaso de su generación en dar cumplimiento al reto que cualquier generación se plantea: rehacer el mundo. La misión de su generación, nos cuenta Camus, es, tal vez, aún más grande y consiste en impedir que el mundo se deshaga.

Una generación, resalta en su discurso, que carga con una pesada herencia de corrupción, revoluciones frustradas, técnicas enloquecidas, dioses muertos e ideologías extenuadas. En un momento histórico en el que los poderes más mediocres pueden destruirlo todo y vencer sin convencer. En el que los intelectuales se han rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión. Una generación que ha tenido que restaurar, por sí misma, en torno a sí misma, desde sus propias negaciones, un poco de cuanto constituye la dignidad de vivir y de morir.

Cómo no sentirse, en estos días que corren en España, en Europa, en el planeta todo, concernido, llamado, convocado, por estas reflexiones de un hombre que, en el momento de recibir el Premio Nobel, en el momento de su muerte, dos años más tarde, era más joven de lo que yo lo soy ahora.

No llegué a Camus con facilidad. No llegué sólo por la lectura y el conocimiento. Mis primeras aproximaciones a Camus vinieron de la mano del idioma francés que se enseñaba en el bachillerato. La lectura de L´Étranger fue mi primer acercamiento a Camus. Tal vez era demasiado joven, o dominaba superficialmente el idioma, para entender el pozo profundo de un alma, tan sólo segura de su vida y de su muerte.

Mi segundo encuentro, leyendo La Peste, me resultó mucho más satisfactorio. Ese aire inmundo de un Orán asolado por la peste, asediado, ocupado por la muerte y el dolor, la enfermedad, fue desvelando sentimientos, sensaciones, miedos que anidaban en mí, como imagino que en la gran mayoría de los habitantes de aquel Orán suburbial y sitiado, de los últimos años del franquismo.

Imagino que esos libros provenían de aquella librería Espinela, en cuya trastienda se acumulaban algunos ejemplares venidos de Francia, o de editoriales latinoamericanas que suministraban libros que nunca traían impreso el nihil obstat.

Mi tercer encuentro, llegó de la mano de un grupo de drogodependientes, empeñados en representar la obra Calígula. Eran ya los años duros de la droga que asediaba, como la peste, los barrios obreros del sur de Madrid. No eran grandes actores, pero la obra funcionaba y conmovía, porque aquellos jóvenes, con sus sábanas a modo de togas romanas, eran los extranjeros de una tierra desolada.

El Hombre Rebelde llegó más tarde para cerrar el círculo de mi comprensión de un hombre que, en su corta vida, truncada en un accidente de coche en 1960, tuvo tiempo para asumir el orgullo de una madre analfabeta de la que aprendió el español y el catalán. De un padre trabajador en los campos de Argelia, muerto en la I Guerra mundial y del cual casi sólo tenía el recuerdo de su rechazo ante la horrible ejecución de una pena de muerte. Tuvo tiempo para alzarse del suelo, sobre la dura miseria de su infancia, aprender de excelentes profesores a los que recordaría toda la vida, hasta llegar a convertirse en un hombre entre los hombres, pensando entre los hombres, viviendo entre los hombres, sin dejar de ser un extranjero.

Un hombre capaz de defender la justicia y la igualdad, sin dejar de construir su propia libertad, porque "si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo". Capaz de debatir y rebatir con los surrealistas, con quienes fueron sus camaradas en el Partido Comunista. Con los pieds-noirs, los colonos originarios de Francia en Argelia y con los guerrilleros del Frente de Liberación Nacional de Argelia.

Con Jean-Paul Sartre y con los existencialistas, entre los que también estuvo encuadrado. Con los propios anarquistas, con los que también colaboró, pero que tampoco escapan al doctrinarismo y la ortodoxia, pese a que no son pocos los que consideran que Camus formuló el pensamiento anarquista del siglo XX.

Presente en todas las causas justas, nunca renunció a su libertad. El precio que pagó fue alto. El Premio Nobel no consiguió romper el ostracismo personal, que no literario, al que le habían condenado los círculos intelectuales encabezados por Sartre. Un extranjero siempre consciente de que "el éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo".

Un hombre libre, de esos que siempre son necesarios en cada generación. De esos que tienen plena vigencia y actualidad en nuestros tiempos Un hombre capaz de decir No, aun siendo consciente de que "las tiranías de hoy se han perfeccionado: Ya no se admiten el silencio ni la neutralidad. Hay que pronunciarse, estar a favor o en contra. Pues bien, en ese caso, yo estoy en contra".

Un hombre capaz de habitar entre nosotros, preguntándose las mismas cosas y respondiéndolas con libertad, aun pagando el precio de ser siempre un extranjero.

Francisco Javier López Martín

 

DISCURSO PRONUNCIADO POR ALBERT CAMUS EN LA CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO NOBEL

Al recibir la distinción con que vuestra libre academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.

Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven todavía rico sólo de dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de ánimo podría recibir ese honor al tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natral conoce incesantes desdichas?

Sinceramente he sentido esa inquietud y ese malestar. Para recobrar mi inquietud y este malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como me era imposible igualarme a él con el sólo apoyo de mis méritos, no ha llegado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme que, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario, es porque no me separa de nadie y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues al artista a no aislarse; muchas veces he elegido su destino más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido, basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificara a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres -nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que para poder completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y las prisiones -se ven obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta que llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad. Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrías hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza. No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado al momento, sabe morir sin odio por ella.

Es esta generación la que debe ser saludada y alentada donde quiera que se halla y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra segura aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y la belleza; consagrado, en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de esos, podrá esperar que el presente soluciones ya hechas y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse predicador de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad y esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos límites, a mis deudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando en el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de felicidad que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días.

Albert Camus

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